Es sólo un acto de Amor, Selena…


“¡¡No, señor Quintanilla!! ¡¡No abra ese cajón!! ¡¡No lo haga!! ¡¡No haga nada de lo que se tenga que arrepentir después!! Deje que crean que es todo una mentira. ¡¡Deje que crean que ella no está allí!! ¡¡Tal vez sea lo mejor!! ¡¡Tal vez hasta sería bueno que al final creyeran y se convencieran de que todo fue una mentira, de que todo fue un error, de que todo fue una gran equivocación!!”

El padre de Selena me miró un largo rato sin comprender qué hacía yo allí … Estaba shockeado, impactado. No salía del estupor, del dolor y de la impotencia frente a lo sucedido. Era una imagen que no se condecía con la que siempre había dado, con la que siempre se mostró públicamente. Tuve suerte de agarrarlo a tiempo solo para poder convencerlo de que no lo hiciera y para prepararlo para lo que le iba a proponer. Lo notaba en la soledad desnudo, vacío, tratando de sacar fuerzas de las que no tenía, tratando de mantener un ánimo que no le podía dar la pérdida de una hija que estaba tan cerca de lograr todo, de cumplir sus sueños, de lograr sus anhelos personales y familiares. Sobre todo, era un padre destruido por la partida de una hija, tan simple y tan duro como eso ... En un minuto ese hombre comprendió que no bastaban su convencimiento, su tenacidad ni su disciplina para mantener el orden de todo. En un minuto entendió que lo peor puede venir de cualquier lado y que puede atacar al que menos se piensa, al que más a uno le duele, al que jamás querría que se dañara. Ese hombre podía esperar que mucha gente lo quisiera dañar, pero ni aun sabiendo qué o quienes querrían dañarlo, podía suponer que lo harían arrebatándole a una de sus hijas, a una de sus creaciones, a su hija que lo quería tanto y que había dado todo de sí para cumplir su sueño, para verlo feliz, para llegar a revertir tantos años de angustias y de sinsabores. El padre de Selena estaba tan quebrado en la soledad que ni siquiera atinó a llamar a nadie cuando arremetí con mi ruego. Tal vez en esa soledad esperaba que alguien pudiera sacarlo de esa pesadilla, de esa imagen que tenía que enfrentar ese tristísimo 3 de abril de 1995, en el que tenía que salir a consolar a su esposa con aire aplomado y de tranquilidad impostada, de tener que enfrentar a toda la prensa, a toda la gente que se le acercaba y a todos los familiares buscando una explicación ... Tener que tomar aire para enfrentar toda esa situación viendo la fría realidad de su hija tan cerca era un mazazo del cual aún sentía un inmenso dolor del cual no podía reaccionar…

“Creame que lo entiendo, señor Quintanilla. Creame que sé por qué lo quiere hacer. Sé que quiere abrir ese cajón no tanto por la gente que no cree que su hija esté allí, no para mostrarle al mundo que efectivamente eso ha ocurrido y que allí está la prueba de que usted no miente. Yo sé, señor Quintanilla, que en lo más profundo de su ser usted tampoco cree lo que ha pasado. Yo sé que usted quiere creer que no pasó. Yo sé que usted querría abrir ese cajón y verlo vacío. Sería una quimera, pero, ¿acaso no querría ver que nada de lo que pasó realmente sucedió? ¿No le gustaría pensar que esos rumores son ciertos? ¿No daría todo por ver que por ahí su hija está realmente viva y que todo esto fue una pesadilla, una tonta pesadilla de la cual recién se despiertan?”

El padre de Selena, para mi sorpresa, rompió en llanto y me abrazó. Comenzó a decirme que no podía más con su dolor, que querría no pasar por esto, que se sentía culpable por no haber imaginado que el enfrentamiento con la asesina lo iba a llevar a esto. Me dijo que efectivamente quería abrir ese cajón porque quería ver si no se equivocó, que en realidad era otra persona la que está allí, que no hay nada, y que querría más que nadie poder decir que eran ciertos los rumores y de que todo fue un fatal error. Y que si efectivamente era su hija la que estaba allí, ya no importaba. “Que la vean”, me dijo, con mezcla de bronca, llanto e impotencia. “Total, ¿qué puede importar si la ven o no si efectivamente está sin vida?” … Me daba pena darme cuenta de que él no tenía esa fortaleza de la que se ufanaba tanto. La asesina le había asestado el golpe más duro que él podía soportar y permitir mostrar a alguien, pero en la soledad, y ante un desconocido que le pedía algo que él tampoco quería hacer para no certificar la triste realidad, no pudo evitar quebrarse, y admitir su dolor y su derrota. En un punto había llegado en el momento justo, justo para pedirle algo que de ninguna manera me hubiese permitido decir en otro momento, en otra circunstancia, en otro lugar. Era el momento de proponerle un milagro, un milagro de fe, un milagro que cambiaría la realidad de las cosas en este desdichado mundo…

“Yo sé, Señor Quintanilla, que no quiere abrir ese cajón. Yo tampoco quiero verlo, al menos verlo así. Yo le propongo algo y sólo le pido que me dé esa oportunidad. ¿Quiere pensar que estos tres días fueron una pesadilla? ¿Quisiera poder evitar tener que decir que no es cierto lo que se rumorea y usted ofrecerle la mejor prueba de ello? ¿Quiere evitar exponer a su hija a una imagen de la cual se arrepentirá de por vida? ¿Querría poder decirles que se dio un milagro y de que en realidad su hija está herida pero está bien? ¿Que todo fue un error, un hermoso error que les devolvió el alma al cuerpo y la vida a Selena? ¿Quiere no sentirse culpable para siempre? ¿Quiere ver a su hija feliz? Si es así, déjeme aquí a solas con ella. Usted vaya por unos minutos a ver a los suyos, dígale palabras alentadoras, dígale que tal vez Dios los puso a prueba para saber la importancia de las cosas, de lo que realmente es valioso para todos ustedes. Dígales que usted aún espera alguna señal de él, una señal que le dé sentido a todo esto”.

El padre de Selena me miró e increíblemente se quedó un largo rato mirando hacia el suelo pensando. Creí que al decirle eso iba a despertar al Quintanilla de siempre y que llamaría a Seguridad, o él personalmente me iba a sacar del lugar. Pero su ánimo y la soledad lo pusieron reflexivo y pensativo. Definitivamente, no había aún reaccionado. No podía ni quería aceptar la realidad. El abrir ese cajón lo pondría en esa realidad y ya sus esperanzas de que nada fuera cierto se cerrarían para siempre. Levantó la vista, me miró largamente, miró el cajón y luego se dirigió a mí para decirme: “En 10 minutos tengo que volver a habilitar el lugar para que la gente empiece a despedirla. Ése es el tiempo del que tú dispones. Cuando vuelva yo aquí, no podré hacer nada por ti si te vuelvo a ver. Tú sabrás lo que quieres hacer. Por tu mirar, sé que harás algo bueno por mi hija. Lo intuyo, lo presiento. Te daré ese tiempo para creer que todo esto que sucedió no ha pasado”.

Tragué saliva y asentí con mi cabeza. Él se dirigió hacia la puerta y sólo se volvió para decirme. “Ojalá que cuando vuelva tenga la noticia de que mi hija sigue viva en algún lado. Espero que en 10 minutos pueda decirle eso a mi familia, a la gente, a la prensa, a todo el mundo. ¿Tú crees que tengo esperanza de que eso pueda llegarlo a decir … en 10 minutos?”. Yo lo miré y le dije que si él tenía fe, si le ponía mucha fuerza a creer que Selena estaba viva, y que estaba convencido de que es así y que de ninguna manera se ha ido, es muy posible que sea así. “Pero eso sí -lo sentencié-: prométame que si la vuelve a ver la protegerá como se debe y la dejará soñar con sus propios sueños, y que la ayudará para que todo lo que se proponga sea posible. ¡¡Prométame que usted también la ayudará a cumplir sus sueños!!”. Él se acercó a mí, tomó mis brazos con sus manos fuertemente y me dijo que haría lo que sea para ver a su hija de nuevo con él y con su familia. Me lo dijo con esas lágrimas, con esa desesperación, con esa tristeza que es imposible poder definirlo con palabras, con esa expresión que sólo viviéndola se puede entender su verdadera dimensión. Yo le dije que se marchara, que no me quitara más tiempo, ya que quería que no me volviera a ver cuando regresara…

El padre de Selena me miró, se sonrió, me dio una palmada a mis espaldas y se fue, y antes de cerrar la puerta me volvió a decir “¡10 minutos!” y se marchó definitivamente. Ahora estaba solo con ese cajón, con algo que nunca hubiese querido enfrentar pero lo tenía que hacer … por Selena, sólo por Selena. Sólo mi fe y la incredulidad de su partida, y la no aceptación de dejarnos tan solos podían revertir este dolor. Cuando pude dejar de pensar en mi temor y de moverme por darle una nueva oportunidad a Selena, me acerqué al cajón dispuesto a hacer lo que iba a realizar el padre de Selena un instante antes para convencerse él mismo de lo que había pasado. Ahora era yo el que lo hacía para todo lo contrario: para convencerme de que esa realidad que estaba allí pronto no iba a ser cierta y de que el mundo se enteraría de que todo fue un error sin importarle del por qué de ese equívoco, pues la noticia era otra: la noticia era que Selena estaba viva, estaba viva por la fuerza, el deseo y la voluntad de todos…

Cuando me decidí, me acerqué y abrí el cajón … No quería hacerlo, me parecía truculento y hasta ultrajante tener que realizar ese acto, pero lo tenía que hacer. Tiempo atrás, el solo hecho de imaginarme la escena me hubiese puesto la piel de gallina, me hubiese corrido un frío helado en todo mi cuerpo y me hubiese paralizado para siempre. Sólo me dio valor el hecho de que si lo hacía, Selena se despertaría. Sabía que tenía que pasar por todas estas pruebas, por todos estos sinsabores. Nada era fácil, todo era doloroso, pero sólo podía hacer algo en ese momento, pues lo hecho no se podía modificar. Sólo podía hacerlo con los hechos consumados, y sumido en una profunda fe y con la noble intención de darle vida a Selena aun a costa de la mía. Pero para eso tenía que mirarla … Cuando lo hice, rompí en llantos por un largo rato, lloré por todos estos años de dolor por su ausencia. En un punto me alivió el hecho de ahorrarle la experiencia a su padre. Él hubiese sentido lo mismo sin poder hacer nada. En cambio, yo sabía que podía hacer algo. Verla allí con esa expresión seria, adusta, tan impropia de Selena, que no se condecía con su vida, con su historia, con su alegría, con sus ganas y con su Amor, era desolador. El verla así era certificar su incredulidad por lo sucedido, el absurdo de ver y de sentir lo peor en un instante, sin poder reaccionar, sin poder decir ni hacer nada. No podía verla así, no quería verla así, no quería que todos se llevaran de ella esa penosa imagen, no quería que la vieran derrotada en manos de la maldad, de la mediocridad, de la mentira, de la falsedad y de la injusticia. No quería que el mundo se la llevara así. Alguien le tenía que devolver esa vida, alguien le tenía que dar esa energía para que pudiera darle esa nueva oportunidad, esa nueva posibilidad de ser feliz y de dar felicidad a la gente…

Tenía temor, mucho temor. Sabía a lo que me exponía y sabía lo que estaba sacrificando, pero no podía seguir admitiendo que esa mujer de 23 años se fuera sin otra oportunidad, no podía admitir que una mujer con todo por hacer y con tantas ganas de hacer algo por su vida y por los demás se fuera por un acto absurdo e inadmisible. No podía admitir que ella no tuviera la oportunidad de vivir como la tuve yo. No podía admitir que el mundo se perdiera de verla. No podía admitir que el mundo no la conociera o se olvidara de ella por el absurdo paso del tiempo … ¡No! Yo tenía la energía que ella no tenía. Yo tenía las ganas que ella no tenía. Yo tenía la vida que ella no tenía. Yo tenía una fe que ella la fue perdiendo en su camino desesperado al lobby del Days Inn … Con ese valor y con esas ganas la miré y le dije: “Selena. Escúchame. Escúchame bien. Pronto despertarás. En un principio, no recordarás qué pasó y por qué. Sólo te sentirás con un pequeño dolor en la espalda y te encontrarás en el hospital en observación. A medida que pase el tiempo te llegarán las noticias y empezarás a recordar de a poco lo sucedido. Te preguntarás cómo te sucedió eso y cómo te salvaste cuando todos te daban por perdida. No pienses en eso. Ni siquiera pienses en esa mujer ni en lo que digan ella y sus familiares. Piensa en lo que pudiste perder y que lo recuperaste. Piensa en tu felicidad. Piensa en todo lo que quieres realizar. Piensa que tú estás primero a la hora de ser feliz. No te sientas obligada a ser tantas cosas por los demás. ¡¡Ya has hecho demasiado!! Piensa en los que realmente te aman. Piensa en la gente que se te acercará a ti con lágrimas en los ojos y que por unos días lloró sin consuelo. Piensa que ellos sólo te escucharán a ti y te creerán a ti. Sólo les bastará que les hables como siempre, que les digas todo con la sinceridad y con la naturalidad de siempre. Si tú actúas como siempre, ellos no te defraudarán, te amarán más que nunca y te cuidarán más que siempre. Nunca sientas miedo de ellos. Pero eso sí: cuídate, cuídate bien de todos los que te rodean, porque muchos se querrán aprovechar de tu fama, de tu bondad y de tu sinceridad. Antes que nada, diles a tu padre, a tu esposo y a tu familia qué quieres y qué es lo que realmente deseas. Te aseguro que ellos lo entenderán y lo aceptarán. Sabrán que para seguir felices, y no tener ni contratiempos ni desgracias inadmisibles, todos se tienen que escuchar y todos tienen que luchar juntos para ser felices cumpliendo sus sueños. Tu padre comprenderá que es tan importante para ti cantar como dedicarte a tus diseños, y por ello programará tus conciertos y tus actividades como cantante en función de tus labores en Selena Etc. Rodéate de la gente que te lleve por el camino que deseas. Hay mucha gente que quiere cantar contigo, pues ve en ti un futuro sin barreras. Hay mucha gente que quiere lo mejor para ti y que te ayudará en todo lo que emprendas. No sigas a aquella gente que con cualquier excusa te frena en tus objetivos, te aparta de tu felicidad, pretende que los atiendas para que no sigas tu camino sabiendo que a la larga tendrás que dejarlos para poder crecer. Deja que ellos busquen su camino a la felicidad y que no te usen a ti para paliar su mediocridad y por no saber qué hacer con sus vidas. ¡¡Vive tú, Selena, verás que si les demuestras que estás bien con tu vida, ellos lo terminarán aceptando y te lo agradecerán!!”.

Cuando terminé de decir eso, tomé sus manos y la miré con ternura. Sabía que era lo último que le iba a transmitir. Sentí a la vez una hermosa sensación al tocarla pues podía sentir su Amor en mis manos. Sentía una gran felicidad al ver que esa mujer iba a seguir viviendo, que semejante bondad en un ser humano no se había marchado. También sabía que después de ello pronto despertaría. Cuando alcancé a ver que ella abría sus ojos y se despertaba como en un largo sueño, sentí que mi cabeza daba vueltas rápidamente y me desmayé. Por un largo rato estuve inconsciente. Cuando logré recuperar el conocimiento, sentía un gran dolor en la espalda y una gran debilidad. No sabía lo que estaba pasando. Sentía como si me estuvieran trasladando en un auto o en una ambulancia. Quise levantarme pero no pude. No tenía fuerzas y sentía que algo o alguien me sujetaba con cuidado. También sentí que alguien me decía que me quedara tranquilo. El ruido de una gran sirena acaparaba todos mis sentidos. Esbocé una sonrisa. Sentía que había logrado mi objetivo. No importaba lo que estaba pasando conmigo. Sí me importaba lo que le pasaba a Selena. Mi propia obsesión hizo que quisiera escuchar lo único que deseaba oír antes de sumirme en un largo sueño. Cuando creí que nada podría certificarlo, alguien le dice al conductor del vehículo: “¡¡Prende la radio, por favor!! ¡¡Acaban de decir que Selena está bien, que no se ha ido. Que está herida, pero bien!!”. Escucho el sonido de la radio y al padre de Selena diciendo: “Agradezco a Dios este milagro. Era como muchos decían. Fue un error. Un increíble y maravilloso error. Ya lo explicarán mejor las autoridades. ¡¡Pero lo más importante es poder decirles y certificarles que Selena está bien y viva!! ¡¡Todavía no puedo salir de la emoción!! Ojalá pudiera agradecer y a abrazar a quien me dio esa voz de aliento cuando ya nada tenía para decir ni para ofrecer. Créanme que hace tres días cuando anuncié aquello sentí que yo también había muerto … Hasta desee que me dispararan a mí también …Sólo le quiero decir a aquella persona que me dio esa esperanza, donde quiera que esté, que Selena está bien, que pronto estará con todos nosotros ¡¡y que la cuidaré mucho para que sea feliz con su vida!!”. Se me estaban cerrando los ojos, estaba muy débil, pero no importaba. Eso no era lo importante. Corrían varias lágrimas por mi mejilla y sonreía de felicidad. ¡¡Selena estaba viva. Selena estaba bien. Selena estaba feliz!! Su padre lo había comprendido e iba a cumplir lo prometido. Valió la pena el esfuerzo. Valió la pena el sacrificio. El mundo será otro. No importaba si yo lo iba a ver. Lo importante era que Selena sí lo iba a poder ver…

Más tarde, cuando volví a abrí los ojos, estaba todo oscuro. No se oía nada ni se veía nada. Pero no quise averiguar más. Quería llevarme esa última hermosa sensación y no la de todos los días, la de vivir un nuevo sueño y de romper en llantos ante la dura realidad. Estaba seguro, quería estar seguro de que todo había cambiado y de que Selena era una mujer feliz aunque yo no estuviera allí para contarlo…

(Sólo espero que todo lo que desee toda mi vida se haga realidad. Que no haya más sueños ni pesadillas. Que no haya más pena ni olvido. Sólo espero que sólo haya una realidad, un mundo con Selena, una vida con Selena. Espero que haya valido la pena haber dejado todo para que así sea, para alegría de Selena, para alegría de un mundo necesitado de su Amor.)

Selena: vives y vivirás por siempre y para siempre en mi corazón…

Sergio Ernesto Rodríguez
(Buenos Aires, Argentina)



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